¿Carne artificial contra el hambre?

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La carne artificial está muy cerca de ser comercializada.

Así lo señalan algunas de las compañías que compiten para sacar cuanto antes una hamburguesa, albóndiga o salchicha artificial, elaborada íntegramente en un laboratorio, aislando células madre de vaca o de cerdo y desarrollándolas dentro de bioreactores, sin que medie animal alguno. Eso sí, al trozo de “carne” resultante, sin color ni sabor, hay que añadirle coloración, gusto y aroma.

El reto es que sea una carne buena, bonita y barata. Nada fácil. La primera hamburguesa de carne sintética presentada y cocinada en sociedad, en 2013, no despertó muy buenas críticas por parte de los pocos gourmets que tuvieron acceso a ella, la describieron como “seca e insípida”, y su precio, 248 mil euros, ni de lejos era accesible a la mayoría de bolsillos.  

Su creador el investigador Mark Post y su equipo en la Universidad de Maastrich siguen trabajando en la propuesta.  Hasta el momento, han reducido el coste por unidad a diez euros y ya cuentan con compañía para producirla a gran escala, Mosa Meat, quien asegura tener previsto comercializarla de aquí a cinco años.

Según sus promotores, la carne artificial cuenta con todas las virtudes. A diferencia de la ganadería intensiva, no requiere del uso masivo de antibióticos suministrados preventivamente a animales sanos para “resistir” las atroces condiciones de hacinamiento, no maltrata al ganado, evita la deforestación al no precisar zonas de pasto ni utiliza ingentes cantidades de agua. En definitiva, se trata, en palabras de sus impulsores, de una carne “limpia y ética”, al menos, añadiría yo, en apariencia.


Adicción a la proteina a animal

Uno de los argumentos más utilizados en su favor es que el actual modelo alimentario “adicto” al consumo de proteína animal es insostenible. Es cierto. La industria ganadera es una de las principales generadoras de cambio climático, más que todas las formas de transporte juntas (aviones, coches y barcos). Se calcula que la cría intensiva de vacas, cerdos y gallinas genera entre el 15%, según datos de la FAO, y el 51%, según el Instituto WorldWatch, de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. 

Entonces, "¿qué impacto tendrá el consumo de carne cuando en 2050 seamos 9 mil millones de personas en el planeta?

¿Nos lo podemos permitir? Pues está claro que no.

Vistas las cifras, quienes defienden la carne artificial aseguran que es la solución al reto alimentario que nos depara el futuro y que contribuirá sin duda a acabar con el hambre. Sin embargo, ¿vamos a necesitar carne de laboratorio para llenar nuestros estómagos? ¿Se puede combatir la hambruna con proteína sintética? Si analizamos las causas del hambre vemos que, según datos aportados por el relator especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación Jean Ziegler, actualmente en el mundo se produce comida suficiente para alimentar a 12 mil millones de personas, pero en cambio una de cada siete pasa hambre en un planeta de 7 mil millones de habitantes.

Soluciones ¿Milagrosas?

Combatir el hambre no pasa por atajos técnico-científicos, como la carne artificial, la investigación de la cual es financiada, por cierto, por multimillonarios como Sergey Brin, cofundador de Google, o Peter Thiel, patrocinador de Facebook y cofundador de PayPal, en busca de nuevas fuentes de negocio. Las soluciones “milagrosas”, y económicamente interesadas, a la crisis alimentaria no existen. No se trata de rechazar la investigación científica sino reivindicar una ciencia al servicio de la mayoría social, no supeditada a intereses comerciales.

En  este mundo donde “sobra” comida, y además anualmente, según datos de la FAO, se tiran, del campo al plato, un tercio de los alimentos destinados a consumo humano, la solución pasa por democratizar el modelo agroalimentario y permitir que la comida, que ya existe, sea accesible a la gente, y no un mero objeto de especulación y negocio. El problema de la desnutrición y la malnutrición, ya sea en los países del sur o al lado de casa, no tiene que ver con consumir más o menos proteína de origen animal sino en llevar a cabo una alimentación sana y saludable, no siempre accesible a todos. Muchos de los que consumen enormes cantidades de carne tienen un deteriorado estado de salud. Se come demasiada carne y de mala calidad, y así nos va.

Ante la perspectiva de que el día de mañana no podamos seguir comiendo tanta carne, la alternativa no pasa por su versión artificial de esta, sino por cuestionarnos nuestra dieta. Menos proteína animal y más proteína vegetal, y reaprender a comer con alimentos de calidad, campesinos y locales. En definitiva, comer comida y no artificiales.

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Post en colaboración a Esther Vivas 

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